Por Marilina LemaI)Docente de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, UBA. CABA, Argentina
Comencé a trabajar en el Pellegrini en septiembre del año 2008. Asambleas, paros, abrazos al colegio, clases de todo tipo, afecto, odio, desplantes, envidias y ayudas de compañeros… Tomas, entendidas como apropiaciones de la escuela para pelear por conseguir algo. Por ejemplo, que un preceptor denunciado por acoso no ingrese al edificio.
No voy a intentar resumir todo lo que viví en estos años. Hablemos de este año en particular.
Siempre hay un curso del que se comenta que son chicos “difíciles”. Un tercer año que viene “bastardeado” por muchos colegas según los cuales “es casi imposible dar clase ahí”. Y la verdad, me resultó difícil establecer vínculo con algún que otro chico. Pero nada más.
Lo que me preocupaba era lo que ellos decían de sí mismos en tanto grupo. Les pregunté por qué se consideraban “los peores”.
-Profe, no nos ponemos de acuerdo, inclusive hay macristas entre nosotros.
-Y les da vergüenza decir que lo son, pero los hay.
-Y encima muchas veces nos lastimamos por jugar bruto.
Yo les decía que no era así, que no eran malos. Pero, ¿no estaba “cerrando la situación”, diagnosticando? Ellos no me estaban pidiendo mi opinión. Y ¿no los estaba etiquetando de otra forma, aunque la nueva etiqueta fuera más brillante?
A los dos meses del comienzo de clases, comenzamos a plantear las evaluaciones integradoras cuatrimestrales. Propusieron armar un video que englobara los libros que habíamos leído, así como los temas teóricos, en vez de rendir un examen presencial. El nuevo procedimiento les iba a llevar más tiempo y esfuerzo, pero no les preocupó.
Y el desplazamiento resultó de la siguiente manera.
Uno de los chicos, que se mantenía siempre al margen, desafiante, descolló al tomar el rol de asesino (uno de los temas que entraban era Tesis sobre un homicidio de Diego Paszkowski). La preparación de vestuario, los primeros planos, la agudeza de vocabulario, y demás etcéteras eran de excelencia. Había entrado en el juego de traficar un procedimiento, un modo de existir, explorando lo desconocido. Y estaba contento.
Poco después del video, con este mismo chico protagonizamos un accidente. Jugando, le tiró a una compañera una piedrita que impactó en mi ojo. Algunos colegas me dijeron que tenía que poner una sanción inmediatamente. Recibí los siguientes comentarios:
-Hay ausencia de familias.
-Esto debería ser aprendido en casa y con una buena reprimenda.
-Un criminal en potencia.
-A los asesinos estos hay que marcarles bien el paso.
Al susto, el desconcierto y la molestia se sumaba la desazón: la violencia institucional era mucho más fuerte que el dolor en el ojo.
Busqué ayuda: el equipo de Flacso me escuchó y me recomendó revertir el exceso en acceso, seguir jugando, confiando. Me ayudaron a ver que el discurso a favor de la necesidad de sanciones en esta época en que “los chicos están más mal educados que nunca” es un cliché. Me vino a la mente un concepto de Revista Anfibia: “posiblemente no haya peor postura frente al microfascismo que demonizar a quien lo ejerce. (Del) microfascismo que promueve y requiere, solo saldremos proponiendo un horizonte colectivo que sea mejor. A diferencia de la derecha, no podemos plantear que el remedio al canibalismo es comerse al caníbal.”
Cuando me reintegré, el chico se me acercó, se deshizo en pedidos de disculpas, me compró flores. La trayectoria de la piedra la convertía, artísticamente, en una flor. Una metonimia – disputa, esta vez, entre el prejuicio y una nueva oportunidad.
Pasó el dolor, mi ojo se curó y los pibes me comentaron que habían hablado mucho y lo habían podido “resolver como adultos”. Me pidieron, junto con la preceptora, que me sintiera orgullosa de ellos. ¿Podía pensar lo ocurrido ya no desde la violencia sino desde la posibilidad de tender un puente? ¿Y por qué no? ¿Cómo hacer de estas situaciones una ocasión de habla, salir de lo pedagógico, potenciar lo ocurrido?
Hace muy poco este mismo grupo se hizo eco del caso Paluch al trabajar con la ESI y me apabullaron a preguntas. Y si bien la idea era analizar, originalmente, Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, intenté pelearme con mis propias expectativas y me dejé llevar por la sensibilidad grupal. Nos quedamos hablando hasta después del timbre.
-Profe, ¿decir que una mujer está buena es machista?
-Pero yo entiendo que el acoso tiene que ver con una cuestión de repetición, ¿no es así?
– No, boludo, si vos le decís a una mina que tiene lindas tetas ya la estás acosando. Es acoso callejero.
– Pero ese es un invento argentino…
– ¿Entonces no le puedo decir nada?
– Que esté buena no te da derecho a que le digas nada, nabo.
Y así seguía la conversación.
Según Peter Pal Pelbart, “El 90% de las cosas que ocurren no se ven, o no nos las dejan ver, o no las queremos ver; y esas cosas son justamente lo más interesante. Esos movimientos tan -entre comillas- invisibles, moleculares, precarios, según criterios de solidez, se nos vuelven ajenos. Entonces, ¿cómo problematizar esta “percepción clichetada” junto con la “afectividad clichetada” que la acompaña? Y, ¿cómo desarrollar esa potencia de ser afectado incluso antes –no en un sentido cronológico– del deseo de intervención?”
Ya armaron la segunda evaluación integradora, también un video. El chico de la piedra volvió a descollar. Vi a todos (o casi) muy entusiasmados. Las cuestiones de género fueron protagonistas en sus trabajos. Quieren armar un ciclo de proyecciones.
Dice Rancière que el no saber es una búsqueda incesante. ¿Cómo podemos producir una nueva subjetividad escolar, trabajar en el desencuentro, buscar la confianza, buscar la verdadera conversación? Es todo un desafío. Una posibilidad de aprendizaje, de construir un nuevo territorio, pleno de incertidumbre, balbuceos y preguntas sin respuesta, a la búsqueda de un lazo auténtico.
Escritura ininterrumpida
por Silvia Duschatzky
Este texto no relata episodios. Se trata de escrituras que se bifurcan. Nuevas versiones que no corrigen las anteriores sino que hacen variar los modos de “leer” que son modos de estar. Variaciones que se escriben, o escrituras que inscriben variaciones. Marilina nos manda un mail, preocupada por el hecho que en su momento llamamos “Con la piedra en el ojo”. A partir de ahí se abre un diálogo motorizado no por la necesidad de responder a una demanda sino por un impulso indefinible de pensar en el barro. Llamemos barro a esa mezcolanza que vive entre los cuerpos y nos pide extraer materialidades contraevidentes que ponen a prueba nuestra capacidad de volver inagotables las situaciones.
Ella escribía. Nosotros escribíamos pescando eso que disonaba en el texto. Eso que se decía y no se sabía. En el primer texto asomaba apenas esta frase ..la sensación de soledad no se me iba. La violencia institucional es más fuerte que el dolor de una piedra que por azar golpea mi ojo. El episodio le da lugar al accidente, un índice de verdad del que tirar. Preservar el “accidente” o dejar abierta la vitalidad de la pregunta suscitada en ocasiones involuntarias .
A los mails se le sumaron encuentros en los bares. El zoom comenzaba a abrirse, y los puntos de vista (anclajes de sentido que encubren su propia ignorancia) dieron lugar a puntos de ver, como le gusta decir a Deligny. Puntos de ver o cómo escuchar la fuerza del gesto “inconveniente”. Ya no la piedra en el ojo lanzada al boleo, sino la pregunta por aquello que provoca la proximidad. Proximidad que hay que pescarla en un ánimo subrepticio. Lo que salta a la vista apenas ingresamos a la escuela son cuerpos que coinciden en un espacio. Lo que suele esperarse es que estos cuerpos funcionen de acuerdo a una maquinaria adaptativa. Y si no sucede, la matrix contempla mecanismos de ajustes. Y si aún falla sobreviene la fatiga y las pasiones más virulentas. La proximidad es otra cosa, se teje en el pasaje de seres separados a un modo de ser que se cocina en la tensión de los vínculos.
Aquí hay un maestro, podría ser el subtítulo de este texto. Maestro desarropado de propiedades sancionadas como premisa e investido de una tentativa de trazar nuevas formas que emanan de un estado de pregunta… efectuada en una escritura oralizada. Paradoja que supera la imagen restrictiva de los opuestos o aún de asociar simplemente la oralidad al habla individual o grupal. Como lo piensa Meschonnic, la oralidad expresa una poética de la voz. Tal vez podamos pensar que en este escrito se procura o se intenta bucear en una oralidad que cargue con el máximo de un cuerpo afectado. Un decir-sentido que le haga algo a la lengua escolar.
Notas al pie
I. | ⇑ | Docente de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, UBA. CABA, Argentina |
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