Por Federico Levín

Hago kung fu. Vuelvo a patear.

Volver a patear es volver a vivir, volver a vivir de aquella manera, como en la infancia: de manera seria, reconcentrada, con el cuerpo responsable; ahora veo curioso que, en contra de las mistificaciones habituales de la infancia, tiernas y libertarias, recuerdo esa época como el terreno de lo solemne, de una relación sagrada con las cosas y el propio cuerpo.

¿Qué es lo sagrado? Ahora tengo un maestro que dice que es la zona del depósito en que lo íntimo y lo cósmico se rozan.

¿Por qué dejé de hacer taekwondo? es la pregunta, después de patear.

Yo tengo mis recuerdos testimoniales, reconstruyo la argumentación pero siempre es insuficiente. Mi madre agrega un dato hipotético: no me cayó bien enterarme de que mi profesor ejercía de personal trainer de personajes de la farándula en Punta del Este.

Entonces, recién cuando advierto que mi maestro actual de artes marciales es (alcanza con recortar un poco la frase) mi maestro, intuyo algo.

Dejé taekwondo porque el profesor era personal trainer de la farándula y yo estaba en la pubertad. Ambas cosas, no una sin la otra.

Arriesgo: para que una actividad, sueño, amor o hábito, logre superar el pasaje de la infancia a la adolescencia, tiene que haber un maestro en el medio. Puenteando.

No necesariamente un maestro en el sentido de persona-maestro, uno solo que reúna todas las condiciones. En mi relación con la escritura, por ejemplo, estuvieron los maestros de papel, Calvino, Lovecraft, y su asistente en carne y hueso, la Bonatto, profe de literatura de segundo año.

En la historia con la música de todos esos músicos que empiezan en la infancia y (esto es lo relevante, aunque las películas no lo subrayen) continúan en la adolescencia, atravesando la pubertad, o sea, manteniendo vivo algún talismán después de superar ese umbral mutante, en todas esas historias tiene que haber algo de lo maestro.

Y si la pubertad es el momento en que el desarrollo biológico se enlaza en su complejidad con el recorrido biográfico por la potencia de sus condiciones y determinaciones, no solo entre la infancia y la adolescencia hay pubertad.

Y si la pubertad es ese momento de crisis donde todo se vuelve (muy) de pronto posible y a la vez incomprensible…; convivir con el cuerpo más allá de la barrera de los 30 años, y dejar de darle humo, y darle amor en una relación tensa pero intensa como nunca antes, es una pubertad.

Así, en su momento, volví: a las patadas. Porque sobreviví, nunca ileso pero más sobreviviente que antes, a otra pubertad. Y, entre los estadios de antes y después, por suerte esta vez, hubo un maestro.

De aquella relación tensa-e-intensa brotó vida y oscuridad: una hija, una separación turbulenta. Después, un lento reacomodo, un resurgimiento, como un volver a nacer. “Mirá, patea!”

Ahora en calma. Y siempre, a través de todo ese recorrido, estuvo mi maestro por acá. Ni muy cerca ni muy lejos, ni sabihondamente antes ni fatalmente después. Un maestro a la manera de la amistad.

En uno de los peores días, llegué a la clase matinal de kung fu, pero no podía ni moverme, tal había sido la angustia de la noche previa. Éramos solo dos alumnos. El maestro me sugirió que hiciera lo que quisiera, lo que pudiera, lo que pudiera querer, no me acuerdo exactamente.

Ahí estaba el piso. Me acosté. Cerré los ojos. Empecé a relajarme, muy de a poco pero sin parar, y así estuve las dos horas de clase, escuchando las patadas y los saltos que el maestro y el otro alumno hacían a mi alrededor.

Ese día, después de esa clase iluminada, me dijo algo así como que uno pocas veces pasa por el infierno, así que cuando se está ahí hay que estar muy atento, captar toda la información posible.

De a poco lo peor fue pasando y lo malo se volvió tolerable, parte constitutiva de una realidad como cualquier otra. El maestro todavía está acá, más o menos cerca. Ya no voy a todas sus clases, pero practico todos los días. Digamos que he incorporado algo de su presencia. Ya no está del todo ausente cuando no está (supongo que algo de eso convierte a una presencia o a un vínculo en un maestro). Igual, como también es mi amigo, periódicamente nos juntamos a charlar, comer, abrazarnos, tomar mate. Nada para destacar.

El otro día, viajando en colectivo, compuse mentalmente, como sin querer, un pequeño poema evocatorio, parafraseando una clásica canción del tai chi:

Mi maestro: se ríe

cuando me río, llora

cuando lloro; y, cuando

es oportuno, me empuja

con todas sus fuerzas.

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One thought on “Mi maestro

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