por José Castro Videla.
Prólogo por Sergio Lesbegueris y Diego Picotto

“¿Se puede estar en las cosas siendo inactual? ¿Cómo hacer lugar al silencio? ¿Cómo escuchar allí lo inaudible del signo certero? ¿Cómo detectar y leer las nuevas sensibilidades? ¿Se puede estar ‘fuera de código’? Por aquí voy navegando hoy en la comunidad avá guaraní Misión San Francisco, de Pichanal. Preguntas que me interpelan mientras confirmo que la micropolítica neoliberal habita no solo los centros sino principalmente los márgenes y periferias, contaminándolo todo.”

En ocasiones, las preguntas agujerean lo que a simple vista se presenta sólido bloqueando la reflexión sobre las propias prácticas, sobre las propios modos de vida. El relato que a continuación van a leer es parte del trabajo final de José Castro videla, estudiante de la primera cohorte del curso “Maestros emprendedores: ambivalencias y derivas de las prácticas docentes actuales”.

Nos parece interesante compartir este trabajo, en principio, por el modo en que tensiona la idea de “distancia” –más allá de su lejanía geográfica–, impidiendo ceñir la figura del (docente) emprendedor solo a contextos urbanos y cosmopolitas. Pero también, y sobre todo, por el modo en que enhebra un conjunto de percepciones e interrogantes que se fueron abriendo durante el desarrollo de las clases y los intercambios grupales, en relación a cómo poner en cuestión nuestros modos de ser y estar en la escuela.

A lo largo del curso sostuvimos la invitación a leer las fuerzas –siempre ambiguas y en mutación- que nos hacen ser de determinada manera y que se cristalizan en formas más o menos estabilizadas. Fuerzas que nos constituyen y que se hacen inteligibles solo a condición de poner el cuerpo sobre lo que nos pasa, nunca intentando solo la reflexión y la abstracción descarnada sobre aquello que nos sucede. Es más, ensayando hacer todo un trabajo de descentramiento del “yo” y nuestras ideas preconcebidas acerca de cómo son o deberían ser las cosas. Nuestros cuerpos como índice de verdad y de suspensión de las certezas que nos “gobiernan”.

Intentamos, en ese mismo sentido, construir un lugar de enunciación sensible desde donde hablar; desde donde preguntarnos qué le pasa a nuestros cuerpos cuando quieren hacer pie en ese terreno barroso que es hoy la realidad escolar. “Cruzás el umbral de aula y ahí se acaba toda pedagogía, toda planificación: tenés que ver qué pasa, qué da armar y qué no. Y sucede que a veces no vemos nada”, dice una docente. “Y lo que da —agrega otra— no solo implica poner el cuerpo de un modo que agota, que tensiona, que cansa al extremo, sino que implica correrse de los lugares comunes sobre los que se fue armando la práctica docente —cierta idea de autoridad, cierta idea de propiedad de un saber transmisible, ciertos roles y expectativas… algo que es obvio, pero que se actualiza cada vez que una se para frente al aula… y ya estamos concediendo que el “frente de un aula” sea un lugar desde el que se pueda dar clase”.

Pensar no sólo las formas que se nos descalabran sino sobre todo las que nos constituyen es un trabajo de desmonte de nuestras representaciones, pero sobre todo un trabajo de conexión con nuestros afectos, con nuestras sensaciones y registros, con lo que hay (que es siempre mucho más que lo que debería haber y no está), y sobre todo con lo que “nos pasa”. Ese pasar es el registro de los humores y hábitos concretos que nos gobiernan, el cuerpo entonces como caja de resonancia de las fuerzas del mundo operando en nosotros, y no solo de las ideas abstractas con las que nos acercamos (y no alejan) a las cosas.

Spinoza dice que sabemos lo que queremos, pero ignoramos por qué lo queremos. Para conectar con las causas necesitamos entonces corrernos de lo evidente, provocarnos un desconcierto, o mejor aún, asumir la desorientación en la que nos encontramos. El ensayo que a continuación leerán es un acercamiento posible a esa desconfianza que nos crece cuando suspendemos el saber sobre nosotros y lo que nos rodea, y nos volvemos proclives a nuevas alianzas y complicidades. La soledad, cuando no es poblada, se vive como desasosiego, y entonces el pensamiento se obstaculiza. Pasar por el obstáculo, verle la cara resulta  fértil y necesario en el camino de la desautomatización. Procesos que abren conexiones sensibles con el cuerpo, ese gran desobediente.

Si las fuerzas son tanto más eficaces cuanto más en sordina actúan sobre nosotros, volviéndonos pasivos (y tristes) frente a esas condiciones, meros efectos de las fuerzas del mundo operando en nosotros; la elaboración de aquello que nos pasa, y el desarrollo de imágenes y figuras posibles, liberan potencias y nos vuelven  más activos (alegres) y lúcidos entre las cosas, haciéndonos causa y no tanto efecto de las circunstancias que padecemos.

 


El docente Coca cola

por José Castro Videla

Fui/voy descubriendo a lo largo de las lecturas propuestas, nuevas sensaciones. Pienso… no tenemos un modo de ser docentes, ni siquiera tenemos dos o tres. En primer lugar, ratifico con Freire que no somos docentes sino que lo estamos siendo, eso me indica que los modos de ser son susceptibles de un constante movimiento. Advierto que, en mi vida y en la de mis compañeros y compañeras, el diagrama de fuerzas que nos compone está integrado por energías ambivalentes que conviven y luchan en nuestro interior, generando tensiones, oscilaciones, impasses. Sin embargo, hay momentos de repliegue que no necesariamente implican mandarse a guardar, sino una suerte de abroquelamiento discursivo combinado con una compulsión al activismo. En apariencia se trataría de fuerzas de signo contrario, pero curiosamente parecen complementarse. Esta dinámica de fuerzas incide directamente en nuestro humor, nuestra salud, nuestro vínculo con nosotros mismos, con los otros y con las instituciones, como la escuela. Viven en nosotros, permeando la  mente, el ánimo, el cuerpo. Entre ellas, las figuras del docente apóstol, vocacional, sacrificado, heroico; el docente trabajador, organizado, combativo, defendiendo los derechos, asalariado; el tecnócrata o profesional, formado, preparado, instruido, con respuestas; el emprendedor, proactivo, oportunista, individualista o experto en trabajo grupal según lo requiera, gestor de sí mismo. Se nos van colando subrepticiamente, inoculándose por los poros. Creo que, en casi todos los docentes de todas las edades y todas las latitudes, podemos encontrar muchas de estas fuerzas como discursos asentados y aceitados, como prácticas, como modos de estar siendo.

Sumo una situación concreta. Me detengo en “ella” (ella podría ser él, nosotros, cualquiera). Ella no es pronombre personal, ella es indicativo de una forma. Ella conjuga casi sin fisuras la investidura de docente, de esposa, militante y madre. A riesgo de caer en la ironía, decido no obstante un nombre: “el/la docente Coca Cola”.

¿Quién o qué es “el/la docente Coca Cola”? El heroísmo, la exagerada convicción, la reivindicación en alza, la buena moral configuran al modo de estar en el mundo. Militante “contra el neoliberalismo, el gobierno que nos gobierna y sus políticas educativas”. LLeva el trabajo a la casa y la casa al trabajo. Maestra/o puro esfuerzo y dedicación, horas y horas planificando y preparando el material hasta entradas horas de la madrugada. Y luego los posteos infaltables en Facebook, sin soslayar referencias al esfuerzo que implica ser docente responsable en este sistema. Cansancio, ojeras, entrega total a los niños y niñas de su escuela en la villa. Militancia en el gremio, guardapolvo cubierto de insignias por cada lucha que se va librando junto a otros compañeros y compañeras. El paro y la movilización irradian enorme efervescencia que se comparte con la pareja, también docente y con hijos/as siempre. Asistencia compulsiva a capacitaciones varias acompañada de marido y eventualmente hijos. Curso allá, curso acá, todo en Facebook.

Capacitaciones y exaltaciones contra el neoliberalismo…¿cómo se conectan? Mientras tanto el puntaje se engrosa igual que la ilusión de estabilidad.

Cada tarea es levantada con estridencia militante. Dejar todo en la cancha. Aula, hogar y sindicato se pueblan de tonos inequívocos de heroicidad y voluntarismo.

El gesto crítico, explosivo, arropado de palabras gastadas arma enemigos muy a distancia de las propias enunciaciones. Neoliberalismo es la palabra caballito de batalla que parece no tocar las fibras íntimas de nuestras vidas.

Las micropolíticas son las que producen el medio ambiente en el que vivimos, en el que respiramos y en el que -en muchos casos- nos ahogamos. Las micropolíticas funcionan capilarmente orientando las conductas y componiendo modos de vida -de ahí que operen sobre las sensibilidades, las afectividades, las modalidades de percepción, los juegos lingüísticos, las formas de conocimiento, los códigos comunicativos, los diseños, etc. Su poder subjetivamente funciona como enlace de control entre el mundo y la vida. O, mejor: las micropolíticas neoliberales son el punto de articulación entre las fuerzas vitales y afectivas de los cuerpos y el “régimen de libertad” que habilita y proclama la máquina de gubernamentalidad.

Docente Coca Cola, el que carga con la fórmula mágica y el “éxito” asegurado. Y no importa el lugar o el origen de los/as pibes/as, la fórmula mágica del/la docente Coca Cola es la misma en todos lados. No importa quién esté sentado frente al profe en el aula, el docente aplica la misma fórmula, las mismas técnicas, y siempre se jacta de ser exitoso. Incluso cuando otros docentes manifiestan experiencias de “fracaso” o “no puedo” con esos grupos, el/la docente Coca Cola exhibe orgulloso su triunfo.

Muchas preguntas se agolpan: ¿Se puede estar en las cosas siendo inactual? ¿Cómo hacer lugar al silencio? ¿Cómo escuchar allí lo inaudible del signo certero? ¿Cómo detectar y leer las nuevas sensibilidades? ¿Se puede estar ‘fuera de código’?

Por aquí voy navegando hoy en la comunidad avá guaraní Misión San Francisco, de Pichanal. Preguntas que me interpelan mientras confirmo que la micropolítica neoliberal habita no solo los centros sino principalmente los márgenes y periferias, contaminándolo todo. No sólo las políticas que impactan en nuestro cotidiano sino las maneras propias de gestionar relaciones y tiempos.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPrint this pageEmail this to someone

One thought on “El docente “coca-cola”

Comments are closed.