Carmen es maestra de niñxs de cinco. Ese día era martes y tocaba una lectura. Vamos chicos, todos a la ronda. La mayoría se dispone a la escena grupal. Carmen se sienta en una de esas sillas pequeñas mientras lxs niñxs se agrupan en el suelo con la vista hacia arriba. Ella comienza a leer y una voz interrumpe. Yo no quiero escuchar ese cuento, es muy infantil.
Juan, es un cuento infantil porque es para niñxs como uds. Te va a gustar.
No quiero escuchar ese cuento infantil.
Carmen comienza a inquietarse mientras Juan no para de insistir.
Si no querés escucharlo podés salir al patio.
Juan no se va y no cesa de repetir: ese cuento es muy infantil. Pasan unos días y Carmen alarmada por la situación visita su casa, deseosa de averiguar algo que le explique la insólita negativa del niño. Husmea con disimulo el ambiente, mientras charla con su madre y advierte “la escasez de juguetes destinados a la infancia”.
Hey Juan ¿y si probás cambiarle algo al cuento para que resulte menos infantil?. Esto nunca ocurrió y una vez más el pasaje del accidente a la tentativa perdió su oportunidad.
¿Fracasar cada vez mejor?
Quien investiga no pide permiso ni está apresado en formatos acartonados. Lo mueve el golpe de lo real y las búsquedas de extravíos. Fracasar en nuestra voluntad de dominio tiene la potencia de probar lo posible en los límites que plantea la situación. El rechazo del niño a un cuento “muy infantil” no es interpretable, más bien un guiño para un nuevo juego. Sumale algo que lo haga menos infantil. Por acá la tentativa.
Silvia Duschatzky