Batallas cotidianas, desalientos y líneas de fuga

Intercambio entre un docente cursante de la Diplomatura en Gestión Educativa y su tutor. Esto no es una confesión de arrepentimiento. Tampoco la catarsis que se asoma cuando la angustia nos atrapa. Mucho menos el ejemplo de una solución a aplicar. Sólo bucear en la escritura dialogada hasta hallar el problema por donde algo se vuelve pensable. ¿Qué se abre si salimos de los lenguajes del drama?1Este texto expresa un “método” de trabajo desplegado: el hallar una punta disonante que se le coló al tono monolítico que cubre una escritura, es decir, un sentir y un modo de percibir lo que nos acontece. Compartirlo es un modo de seguir abriendo preguntas acerca de “nimiedades” que interrogadas imprimen otras cualidades de pensamiento sobre la escuela.  Desplegar desplazamientos en los modos en que somos afectados abre nuevas imaginaciones en relación con las cosas. Una vía de hacer escuela en sus costados insospechados.

La situación a la que voy a referir ocurrió en ocasión de cubrir una suplencia de quince días que se podía llegar a extender a veinte, con motivo de la operación de la profesora titular. La intención era hacerme conocer en la institución, cuestión de que más adelante me llamaran para un puesto titular, intención conocida por el director que, en la entrevista, la utilizó como zanahoria para convencerme de tomar una suplencia que ningún profesor con más antigüedad tomaría: cursos portadores del para nada amigable mote de conflictivos, compuestos, para mi novedad, por entre 38 y 45 alumnos.

Lo único que tenés que hacer es ponerte firme y no permitir ningún acto de indisciplina, me indicó el director.

Así que ahí fui, con la poco pedagógica intención de aguantar quince días, con la certeza de que cualquier estrategia que aplicara iba a ser recibida por los alumnos casi como un acto de inicio de hostilidades.

Resumiendo: profesor sin experiencia queriendo hacer buena letra en un colegio para que después le den un trabajo fijo, dictar una materia que no domina y que no le agrada, suplencia insignificante en cuanto a tiempo, cursos numerosos y temidos…

Como ven, todo anunciaba una situación conducente al fracaso… Y así fue.

Contaré sólo una situación de la que me arrepiento y que me hizo desistir de renovar la suplencia cuando me la ofrecieron.

Quinto año, 44 alumnos, violencia entre compañeros, violencia hacia el profesor, violencia hacia la institución. Les pido a unos alumnos que hagan una tarea que tenían pendiente, se ríen, me hacen burla, se los vuelvo a pedir, siguen sin hacer nada y conversando entre ellos, me doy vuelta y me hacen burla… pierdo el control de la situación y pierdo el control de mí mismo… Agarro a dos de ellos y los obligo a ponerse mirando contra un rincón a uno y al otro contra el pizarrón hasta el final de la clase.

Lo recuerdo y me genera horror, horror de mí mismo. Provocar semejante humillación. Mirarme a mí mismo hacer lo que siempre denosté de los profesores que tuve, por un momento convertirme en lo último que quería ser.

Me llenó de culpa e hizo que al otro día decidiera no volver. No quería ser ese tipo de profesor.

Sigamos pensando sobre esa mutación no deseada, sobre esa metamorfosis escolar. “Mirarme a mí mismo hacer lo que siempre denosté de los profesores que tuve, por un momento convertirme en lo último que quería ser”.

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¿Qué hacer cuando el contexto en el que estamos insertos parece obligarnos a actuar de un modo que rechazamos profundamente? Leyendo lo que decís sobre el cambio recordé estas palabras de Fabio Morábito sobre la metamorfosis de Kakfa: “Gregorio Samsa, el hombre que no grita, renuncia a todo vínculo con los otros, porque el grito es el último lazo que nos une a nuestros semejantes. Por eso puede decirse que Samsa se vuelve un insecto porque no grita; de haber gritado, es muy posible que la espantosa alucinación que lo asalta a primeras horas de la mañana se hubiera evaporado. En lugar de eso Samsa prefiere razonar. Cada nuevo razonamiento solidifica su metamorfosis hasta volverla real e irreversible. Se separa de los demás a base de razonamientos. Por eso, en un sentido, el tema profundo de esta fábula es la conversión de alguien en escritor; la aceptación de la esclavitud que entrañan las palabras, la espantosa inmovilidad de quienes eligen convertir el grito en especulación, que es en esencia, el sino del escritor, pues todo relato surge de suspender una exclamación de horror o maravilla, y ahí, en el claro momentáneamente abierto por la ausencia del grito o del llanto, deslizar unas palabras antes de que se extinga la expectación general”

¿Cómo resuenan estas palabras sobre la metamorfosis de Samsa con tu propia metamorfosis en el aula?, ¿qué más podes describir de ese instante -de extrañamiento y lucidez- en el que te viste a vos mismo convertido en “lo último que querías ser”?

Transformación no deseada ante la ausencia de un grito, la ausencia de un grito salvador. Porque gritar es una liberación, un nacimiento. Exponer, exponerse. Exponer al otro, exponerse a los reflejos. Soltar un vacío que nos llena…

¿Dónde podemos gritar?, ¿cómo podemos gritar?, ¿está permitido gritar? ¿Existe algún lugar en donde los profes podamos gritar? ¡Hooolaaaa!, ¿hay alguien ahí? Que angustia que tenemos, ¡por favor! Trabajar la angustia, trabajar con angustia, angustia en el trabajo, angustia, pero que no se note, che, que todos te miran raro, el profe con cara rara ¿Qué le pasa profe? Nada, nada, buen día chicos saquen un hoja que el profe hoy no tiene ganas de nada, cerramos los oídos, los ojos bien abiertos, pero no veamos nada, no sea que se nos pegue algún sentimiento de cariño con los alumnos, vade retro profe. Lo que sentimos bien guardado eh. La angustia a cuestas, como la casa del caracol. De última nos enrollamos y nos quedamos ahí.

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No gritamos y empezamos un lento proceso de mutación, metamorfoseándonos en seres faltos de emoción, desmotivados, incapaces de motivar, mirando el almanaque buscando los feriados y festejando los días de paro, mutando espero, mutando espero las vacaciones de invierno, las de verano, el paro de marzo, el aumento de marzo… estos chicos, ¡están cada vez peor!, ya nada les importa, uno se mata y ellos siguen igual, no hay nada que hacer, no veo la hora de que termine el día, por favor, no veo la hora de que llegue el sábado, no veo la hora de que lleguen las vacaciones, no veo la hora de jubilarme (no veo).

¿Nos queda renunciar? Al fin y al cabo la renuncia es un grito, grito marginal, anti socializante, formula irracional, irreverente, rebelde (uy, dije una mala palabra) pero qué pavada ser rebelde, ¡no!, hay que pensar, hay que pensar(nos)…

Si te interesa -y si estás con tiempo- podes leer Qué hacer, de Pablo Katchadjian. Una novela en la que dos profesores dan clase en una universidad en Londres y todo es un absurdo tras otro. Si imaginamos que eso que te pasó a vos es un absurdo y no un drama podemos pensar cómo darlo vuelta hacia lo impensado (lo absurdo dinamita lo pensado, desarma los sentidos)Pensemos entonces modos de salir del drama escolar. Es decir, en vez de buscar soluciones al drama, salir del drama (de su lógica, de su relato, de su lenguaje) puede ser una solución. Desplazarnos del drama pero quedarnos en el relato. Te propongo que continúes versionando -todo lo que se puedas- el escrito original al estilo ficcional. Y desde este pasaje de registro también podes recurrir al absurdo (en vez del drama).

Estamos Alberto y yo enseñando en un aula de la universidad cuando un alumno  con tono agresivo nos pregunta: ¿cuándo los filósofos hablan, lo que dicen es cierto o se trata de un doble? Alberto y yo nos miramos, un poco nerviosos por no haber entendido la pregunta. Alberto reacciona primero: se adelanta y le responde que eso no se puede saber. El alumno descontento se acerca a Alberto, lo agarra y empieza a metérselo en la boca. Pero aunque esto parece peligroso no sólo los alumnos y yo nos reímos sino que Alberto con medio cuerpo adentro de la boca, se ríe y dice: está bien, está bien. Luego aparecemos los dos en una plaza…

Suplencias… Si hay algo que no me gusta son las suplencias. A los pibes no les importa nada el profesor suplente… a mí no me importaba nada el profesor suplente, así qué puedo pedir. ¿Todo esto será parte de mi karma? ¿Tengo que pagar por lo mal que traté a mis profesores cuando era adolescente? Siempre pienso esto cuando estoy por entrar a un aula. Suplencias… Todo para perder y muy poco para ganar.

Me acerco al aula de 5º “B” y siento como si fuera Luke Skywalker entrando a la estrella de la muerte. Obvio, sin el sable laser. Como siempre, me olvido las cosas importantes: quedó arriba del microondas en mi casa.

— Necesitas no adentro lo acá

— ¿Qué decís, Yoda? No te entiendo nada

Que acá adentro el sable laser no sirve, no tiene ninguna función -me dice una alienígena que está sentada en los primeros bancos. Parece una alumna, tiene todos los signos, pero yo sé que no es, es otra cosa, así que tengo que tener cuidado.

Voy mirando al resto del recinto y trato de medir la fuerza que hay: hay de todas las especies del universo y todos miran con una mezcla de temor y sorpresa.

Digo buen día utilizando el traductor especial que uso cuando me acerco a especies extrañas y recibo toda clase de murmullos y gruñidos. Supongo que algunos son amigables en su idioma, otros me da la sensación que son claras muestras de hostilidad.

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— No miedo tengas, miedo a rabia conduce la.

— ¡¡¡Otra vez Yoda!!!?? ¡¡No te entiendo cuando me hablas!!

Que no tenga miedo, el miedo conduce a la rabia y al lado oscuro- nuevamente otra alienígena sentada en los bancos de adelante me da muestras de habilidades lingüísticas. Dudo de su buena voluntad, estos seres pueden cambiar de forma y aspecto en cualquier momento y tengo que estar preparado.

Escucho ruidos en el fondo y veo dos seres peleando a muerte: uno tiene el aspecto de una lagartija con varias filas de dientes y el otro tiene cabeza de cangrejo y un rayo láser en el hombro (si es Alien y depredador, perdón, pero se me mezclan las películas) subo a mi mochila a Yoda y nos dirigimos a los saltos, dando vueltas por el aire hacia el fondo del recinto.

Tenga cuidado profe, esta escuela es un desastre. Escucho estos comentarios que vienen de los asientos de adelante, no sé qué pensar.

— Usa tu fuerza, ten calma, respira -me dice Yoda y por fin lo entiendo.

De repente alguien me dice: ven al lado oscuro y todos te tendrán miedo, ningún alumno te faltará el respeto nunca más. Es Darth Vader al lado mío dándome consejos. Yo mismo dividido en dos partes. El bien y el mal peleando por mí o dentro de mí, vieja fabula.

Quizás Darth Vader tenga razón, pienso, si estos seres me tuvieran miedo no harían nada y me respetarían y yo no tendría problema, me parece que es el camino adecuado.

— Respira, respira profundo, siente la fuerza -nuevamente Yoda me calma.

Tranquilizo a Alien y depredador antes de que se maten y los instigo a que se sienten.

Parece que todo salió bien. Por lo menos por ahora.

Vuelvo con Yoda al frente del ¿aula?, comienzo de vuelta. Yoda y Darth Vader siempre en mi cabeza dándome consejos.

¿Qué decir, cómo empezar?, ¿a quién escucho primero? No sé, nunca lo sé. Supongo que me gustaría ser un Jedi, a veces me miro y tengo la sensación de que lo soy, pero no, siempre soy Guillermo y supongo que está bien, está genialmente bien.

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Notas   [ + ]

1. Este texto expresa un “método” de trabajo desplegado: el hallar una punta disonante que se le coló al tono monolítico que cubre una escritura, es decir, un sentir y un modo de percibir lo que nos acontece. Compartirlo es un modo de seguir abriendo preguntas acerca de “nimiedades” que interrogadas imprimen otras cualidades de pensamiento sobre la escuela.  Desplegar desplazamientos en los modos en que somos afectados abre nuevas imaginaciones en relación con las cosas. Una vía de hacer escuela en sus costados insospechados.